Pablo d’Ors: «Nuestro peligro es enamorarnos de lo sombrío»

Tras el éxito (comercial y espiritual) de Biografía del silencio, Pablo d’Ors, sacerdote y escritor madrileño, ha seguido entregando material a la imprenta. Como el muy recomendable, por sencillo y a la vez profundo, Entusiasmo (Galaxia Gutenberg), novela de autoficción sobre la fuerza de la vocación y los primeros años de ejercicio sacerdotal. A su vez, su obra se ha reeditado en las mejores condiciones en Galaxia Gutenberg, donde también se publicó este invierno su ambiciosa Biografía de la luz. Un libro sobre el libro de los libros, la Biblia, que desgrana las distintas parábolas de los textos sagrados, separando el grano de la paja y yendo a la esencia que quiso transmitirnos Jesús. Como hiciera Tolstói en El Evangelio abreviado, D’Ors nos desbroza el camino hacia el espíritu en una obra para leer despacio y conscientes de formar parte de una aventura mística. 

Por Eduardo Laporte

En su Entusiasmo, el protagonista citaba libros como El peregrino ruso y, si no me equivoco, El Evangelio abreviado, de Tolstói. Libros clave en su formación, lecturas de juventud que influyeron notablemente en la vocación religiosa del personaje. En Biografía de la luz, me parece encontrar algunos de esos elementos, pero con una diferencia. Así como en esos libros se introduciría a la vida religiosa, en Biografía… la invitación sería hacia una vida auténtica, una vida de verdad. La vida plena. ¿Está de acuerdo?

 

Una religión que no sirve a la vida es una religión vacía, eso es lo primero que me gustaría decir. Si una religión no alimenta la espiritualidad, se queda en folclore o, como máximo, en cultura. A mí me interesa el espíritu, en cualquiera de sus manifestaciones: el arte, el amor, el culto, la literatura… Sin pedirme permiso, mi alma corre hacia las fuentes de las que se alimenta. Fíjese que la palabra spiritus tiene la misma raíz que respirar; me dirijo hacia lo que me ayuda a respirar, es decir, a estar en mayor conexión con el medio y conmigo mismo.

 

¿Compartiría, en cualquier caso, algo de ese Evangelio abreviado de Tolstói en su vocación de de ‘descifrar’ las sagradas escrituras y rescatar su luz, su fuego, para recuperar su valor, como un nuevo Prometeo?

 

Tolstoi es un maestro, yo sigo siendo un aprendiz. Las palabras no han sido inventadas para nombrar la realidad, sino que las palabras son el secreto de la realidad misma. No hay separación entre palabras y realidad, esta supuesta división es nuestro problema. Las palabras están ahí para iluminar, para irradiar, para calentarnos cuando tenemos frío. Ese es el sentido de la poesía. También el de las palabras sagradas, que son sagradas precisamente por su capacidad de arder en el corazón humano. Sí, yo quiero entrar en las palabras. Sin ellas mi vida sería muy triste.

 

¿Cuántas sombras o ‘nubes negras’, como decía Luis García Montero, ha tenido usted que vencer, atravesar, para alcanzar la vía de la luz?

 

Muchas. Claro que no digo que ya esté en la luz, pero sí más cerca de ella. No he culminado mi carrera, pero veo cómo me aproximo a la meta. No sólo soy un núcleo de luz, también me constituye un -llamémoslo así- territorio sombrío. Allí me encuentro con una profunda insatisfacción, un sentimiento de inferioridad, una inseguridad estructural, miedo, culpa… Todo eso es, fundamentalmente, lo que se va alumbrando y redimiendo (cambiando de signo) cuando uno emprende con decisión un camino espiritual. Mantenerse amorosamente en la oscuridad, esa es la clave de la práctica meditativa.

 

Tanizaki ya escribió ‘Elogio de la sombra’… Su libro es también un elogio de esa parte oscura que llevamos dentro que, por desgracia, solemos pasar por alto, al contrario que el ‘otro José’, que gracias a su caída en desgracia obtendrá la luz suficiente para comprender “lo más hermético y arcano”. ¿Su libro se puede leer también como una ‘biografía de la sombra’?

 

Desde luego. “La contradicción es el criterio de lo real”, escribió mi venerada Simone Weil. Somos sombra y luz, ambas cosas. Somos noche y día, la naturaleza nos lo dice cada jornada. No se trata de superar la sombra y dejarla atrás, sino de abrazarla e integrarla. Abrazarla significa desarticular su poder destructivo, desposeerla de su veneno. No podemos vivir sin el otro lado, pero sí sin que ese otro lado nos domine. Nuestro peligro es enamorarnos de lo sombrío y, en consecuencia, dejar de creer en la luz.

 

¿Qué relación tiene con el taoísmo? ¿Le interesa? ¿Lo ha estudiado en profundidad?

 

No. Desde los veintitantos me han interesado mucho todas las religiones y en su día quise estudiar mística comparada y fenomenología de la religión. Pero lo cierto es que la literatura acabó interesándome más y a eso dediqué mis años de doctorado. Durante siete años, eso sí, fui estudiante de zen, con tres maestros distintos, de modo que el budismo, aunque no pueda decir que lo conozco, sí que lo he frecuentado y me ha fascinado. Tengo algún amigo taoísta y su filosofía me parece hermosa, pero yo me siento profundamente cristiano. Cristo es para mí la puerta.

 

A lo largo las páginas de Biografía de la luz se leen no pocas diatribas contra «los intelectuales». Como cantaba Silvio Rodríguez: «…que se queden sentados los intelectuales». Como leemos en el capítulo de la paloma, la poesía es el mejor lenguaje para la verdad, acaso el único. ¿Nos hemos quedado ‘atascados’ en la Ilustración al poner en un altar a la razón y menospreciar todo lo demás? ¿El libro se puede leer también como un volver a santo Tomás de Aquino, es decir, a reconciliar razón y fe?

 

A los occidentales sólo nos restan dos mitos: el amor romántico y la ciencia, con su consecuencia natural: la técnica. El motor de la ciencia es querer comprenderlo todo, puesto que exalta la razón. El de la técnica, querer dominarlo todo, ponerlo a nuestro servicio. Yo he descubierto un camino mejor. Podemos vivir sin comprenderlo todo y sin ponerlo todo a nuestro servicio. Podemos vivir en la simplicidad, es a eso a lo sencillo a lo que estamos llamados. No. El propósito de mi Biografía de la luz no es reconciliar razón y fe, sino mostrar que el camino espiritual es viable, que es sensato, que -lo sepamos o no- lo estamos pidiendo a gritos.

 

¿Cree que este periodo de pandemia, esta reclusión forzosa, viaje al desierto, a las sombras, generará algún que otro Zacarías, es decir, un renacido, unas dosis de co-nacimiento?

 

Desde luego que sí. Ya está naciendo un nuevo paradigma. El arte ya no busca la belleza, se conforma con la expresividad. El pensamiento ya no busca la verdad, se conforma con el método. La religión está en un claro declive en Europa, basta ver las estadísticas. Pero estamos entrando en un siglo místico, hay cientos de signos que lo presagian. Ese nuevo paradigma podría recogerse en la palabra consciencia, o tal vez silencio, o ser. Y cada cual debe debemos colaborar en esta nueva configuración desde lo que es. Biografía de la luz quiere ser una modesta colaboración a este nuevo orden espiritual desde el cristianismo.

 

Personalmente, ¿cómo ha vivido este periodo de pandemia y confinamiento? ¿Ha afectado mucho a sus rutinas?

 

Me ha afectado muchísimo. Yo soy muy empático. La gente cree que, porque escribo sobre el silencio, soy una suerte de ermitaño o que vivo encerrado en mi castillo a lo Montaigne. Pero nada de eso. Yo soy como cualquier otro, necesito del contacto humano, sufro cuando veo sufrir a los demás, echo de menos abrazar y que me abracen, me deprimen los telediarios… Mi vida ha cambiado porque paso muchas más horas en casa: escribo y medito más, ya no recibo presencialmente a quienes quieren hablar conmigo, sino que les atiendo por skype o por zoom. Pero esta incertidumbre generalizada -también esto es verdad- me ha hecho afianzarme más en la esperanza.

 

Los meses del confinamiento tuvieron algo de cuaresma forzosa. ¿Ese periodo (de limosna, ayuno y oración) lo vive de manera especial o digamos que la Cuaresma se vive todo el año?

 

En cuaresma vivo el desierto de la vida de forma particularmente intensa, como buena parte de los cristianos. Suelo incrementar el tiempo que dedico al silenciamiento interior y al llamado Oficio de Horas. Entrego más limosna, en forma de tiempo y de dinero. Y continúo ayunando los lunes, en homenaje a Gandhi, que también ayunaba ese día. Esta cuarentena cuaresmal me ayuda cada año a vivir luego mucho mejor la Pascua o, dicho de otro modo, sólo si entras en el desierto descubres la maravilla de los oasis.

 

Palabra, visión y sanación. ¿Biografía de la luz se puede entender como una sublimación de estos tres carismas?

 

No sé qué decirte. Ver (o escuchar), decir (o escribir) y hacer (ayudar) es para mí lo que toda persona debería realizar. Primero ver lo que hay, recibirlo, acogerlo, dejarnos tocar por lo que se nos presenta. Lo primordial es siempre la contemplación. Luego comprenderlo, verbalizarlo, hacerlo nuestro, puesto que, además de ojos y oídos, somos mente, que necesita procesar lo que se le ofrece. Por último, la acción, que debería siempre ir precedida de la contemplación y de la reflexión, para que no sea mera reacción. Por eso digo que estos son los tres carismas o tareas esenciales. En cuanto a la Biografía de la luz, en ella pretendo mostrar, con toda la claridad que he podido, un camino para llegar a lo mejor de nosotros mismos.

Karen Alsop
Foto de Karen Alsop

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