El éxito existencial de Pablo d’Ors

¿Qué es el arte? ¿Qué es el éxito? Difíciles de contestar ambas preguntas, pero quizá Pablo d’Ors haya dado una definición bastante aproximada en la presentación de su flamante nueva edición (en el sentido más amplio y rico de nueva) de su Biografía del silencio, texto que yo no dudaría en calificar como uno de los libros de la década. Con unas acuarelas de Miquel Barceló que inauguran el texto —que luego se desarrolla limpio y blanco— y un tamaño considerablemente mayor que la chiquita edición original, D’Ors se sentía feliz de presentar esta nueva cara de su introspección en el desierto de sí mismo (más que la vaciedad absoluta, ha matizado). 

Todo ello se traduce en éxito personal, comercial, también, pero sobre todo existencial. Esa es la palabra que ha elegido y a los asistentes al acto en la bodega de La Central nos ha sonado a tan verdadera como la lluvia que caería horas después. También ha calificado, desde la humildad, de milagro a un libro del que él se quita responsabilidad, como si no lo hubiera escrito él, y que llegó en el momento oportuno, cuando más falta hacía. Claro que también ha repetido, y en el mismo libro lo hace, que él tan sólo es un buen discípulo. Que recoge la sabiduría de los maestros y la rescata para, envolviéndola en un nuevo manto, presentarla en la mejor de sus versiones. Si a eso se acompaña una edición cuidada, la vida del libro se alarga sine die. Amén.

Y ese éxito existencial tiene que ver con ocupar el corazón de quien te lee. «Tu libro me ha cambiado la vida» le han repetido sus más agradecidos lectores. Sin falsas modestias, el autor de Entusiasmo (léanlo también) se ha sentido orgulloso de haber generado ese legado, también porque ese libro le ha cambiado también a él la vida. Tanto, ha comentado, como para dejar de lado sus obligaciones eclesiásticas y centrarse en el apostolado, por así decir, del silencio. Ya son medio millar los integrantes de la agrupación de Amigos del desierto, creada para difundir y practicar la meditación.

De la meditación también ha hablado Pablo d’Ors, desmitificando esa vitola de práctica amable y recordando sus riesgos. Si bien abre las puertas de un mundo no dramático, esa serenidad se consigue atravesando precisamente las afiladas cascadas del drama. Atreviéndote a mirarte a ti mismo, a escucharte a ti mismo, a recoger lo que el silencio de puedo devolver como un malencarado bumerán. «La meditación te va minando tus identificaciones. Dinamita tus identidades. Va a lo radical», ha confesado. En su caso, más que escritor, sacerdote o incluso orador (recién descubierta capacidad), le ha confirmado como discípulo, un buen discípulo*. Claro que ese derrumbe de lo que uno creía firme, genera una corteza nueva, más duradera y esencial. 

*Citó, en un rayo de generosidad, a Franz Jalics, maestro que curiosamente apareció cuando ya todo estaba escrito. Lo conoció en 2013, cuando él tenía 86 años. Es autor de Ejercicios de contemplación. Húngaro. Torturado por los Escuadrones de la Muerte. Aún vive… dejó caer.

En una sesión que, mediante la palabra («la otra cara de la moneda») y no el silencio ha tenido algo de mágico e íntimo («Ha sido la rueda de prensa más profunda que recuerdo»), D’Ors también ha detallado sus hábitos: una hora de meditación por la mañana y una sentada más corta, media hora, por la noche. Una práctica en apariencia sencilla, nada aparatosa pero que, leemos en Biografía…, afina la sensibilidad y la capacidad de percepción. De ahí del riesgo y el carácter de aventura de ese silencio en el que pasan cosas, tantas como para revelar una biografía. 

 

Detalle de unas de las acuarelas que Barceló ha cedido para esta edición.
Tras más de treinta edición con Siruela, el libro sigue su camino en Galaxia Gutenberg.

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